de Morir es un arte

Mariela Dreyfusbio

Sorber la vida

 

 

Para que no te mueras herido entre mis brazos
y pueda verte yo, andando el tiempo,
corretear y gritar acelerado.

 


Para verte crecer las uñas y los dientes
antes de que la muerte te devore el zapato
la infección recorriéndote la sangre
apenas ya nacido y en peligro.

 


¿Qué busco a qué renuncio qué le ofrezco
a la vida y su oficio
si ahora estás aquí gimiendo ahora
henchido de dolor hinchado el ganglio
y el bisturí se hunde
y te arranca la pus de un solo tajo
y en el cuello te abre otra boca?

 


Mi pecho te desnudo este pezón
te doy la leche impura el botón negro
lame en mi piel la sal que cicatriza
con tu labio disuelve la amenaza.

 


De ti a mí el puente de lo vivo se adelanta.
Fluye un torrente suave, el suero que elimina
la bacteria.

 


Acógete a mi seno, niño mío:
esta noche dormimos enlazados.

 

 



Basta señora de las bellas imágenes

                                          A Jorge  

 


Te hablo de la muerte como una vieja herida.
Ésa que conocemos y ahuyentamos
que a diario nos visita y sobrevuela
nuestro lecho de amantes desvelados.

 


Amor: anoche –anoche justamente-
entornada la puerta intentamos atrapar el instante
tres minutos o diez entrelazados ajustados los dedos
ahuyentando a la dama de negro que aparece
en las caricaturas de la tele y en la prensa y se viste
de huracán o de hambre, de diaria cuchillada, de estallido
y leyendo noticias nos despierta y despierta a los niños
y nosotros, amor, ¿qué podremos hacer para que no se asusten
y sonrían aún y salgan correteando hasta el patio
pateando una pelota, llevando su lonchera calentita a la escuela?

 


Y yo, amor, ¿qué podré hacer entonces para que no se asusten
sino retroceder, olvidar esa imagen de mi cuerpo saltando
abierta la ventana nueve pisos
y qué haré sino aferrarme, atarme a las patas de la mesa
a la olla en que hierven las patatas, a la hora del té o la medicina?

 


Y tú, amor, ¿qué harás sino tomarme despacio y susurrarme
y que sea tu sombra bella sombra la que entonces
me libre de malos pensamientos y me aleje
de la señora muerte nuevamente
sólo un instante aquí y sólo ahora?

 

 



Sangre roja vena azul

 


Las agujas penetran en la piel.
El cirujano enlaza la vena con la arteria
abre el canal donde la sangre viaja
y el riñón que salvaron –sólo ése-
se purifica entonces, se hace rito
oscila entre el origen y la extremaunción.

 


Murciélago moderno este instrumento.
Te succiona la sangre y va lavando
ese flujo vital que ya no es tuyo, como tampoco
es tuya en esta tarde, la voluntad, el calor
siquiera el sueño.

 


Se te lleva el aliento esa succión.
Se detiene la vida entre paredes.
La presión ya no cuenta cuando yaces
helada casi helada entre las mantas.

 


Si se yerra el conteo, si las gotas se apuran
o aletargan, el torrente que vuelve hacia tu cuerpo
atascarse podría en el camino, crear una barrera,
un mortal monte.

 


Acusado temor: infrafunción del pulso que conjuro
en este infralenguaje casi niño, casi mudo
mirándote dormir.

 


Romper las reglas digo, rebelarse.
En contra de la muerte y sus designios.
En contra de tu mal.

 


También pedir que el corazón
siga bombeando sus funciones
y del rojo al azul del azulado al púrpura
incólume te traiga otra vez.

 


Incólume y sonriente, mi columna,
la voz no de la riña, sí del canto.

 


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Mariela Dreyfus
(Lima, Perú)

Es autora de los poemarios Memorias de Electra (1984), Placer fantasma (Premio de Poesía Asociación Peruano-Japonesa, 1993), Ónix (2001), Pez (2005) y Morir es un arte (2010). Ha co-editado el volumen Nadie sabe mis cosas. Reflexiones en torno a la poesía de Blanca Varela (2007) y publicado también el estudio Soberanía y transgresión: César Moro (2008). Actualmente es consejera académica de la Maestría de Escritura en Español de New York University, donde enseña cursos de poesía y traducción literaria.

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